
Como era de costumbre, se encontraba sentada apreciando la vista nocturna de aquella ciudad. Le gustaba harcerlo a menudo, en aquel lugar se sentía cómoda y podía reflexionar sobre su vida. A ratos echaba a volar la imaginación y se sumergía en pensamientos diversos.
Esta noche era diferente, hace mucho tiempo que no sentía aquella sensación de tranquilidad, por fin comenzaba a apreciar las enseñanzas que otorgaban las experiencias pasadas.
“Querida mía, este es un amor tranquilo, como debe ser”. Las palabras de su abuela hacían eco en su cabeza y reforzaban su serenidad, la sabia mujer tenía razón, había vivido bastante y conocía a su nieta. La verdad es que el sosiego era para ambas, una veía cómo había aprendido de sus errores y lo feliz que era ahora, mientras la otra se llenaba de alegría al ver a su nieta dichosa.
Lo cierto era que la vida le sonreía y su felicidad era inconmensurable, sin duda en el último tiempo los momentos de alegría eran considerablemente mayores a cuaquier episodio de dificultad.
Ya estaba extrañando irse a descansar con aquella sensación de relajo, hoy era un día especial, pero tenía la certeza de que de ahora en adelante las cosas serían diferentes.
Miró el reloj, eran las dos de la madrugada, debía descansar.


